Becadas con setter

Hay días en los que la montaña pone a prueba al cazador. Días en los que cada paso cruje más de la cuenta, en los que el viento cambia sin aviso y en los que la becada decide jugar al escondite. Este episodio, publicado por Andrea Cavaglia, recoge precisamente una de esas jornadas: una salida de final de temporada donde la experiencia, la paciencia y el trabajo de los perros lo son todo.

La escuela de las becadas residentes

En los bosques cerrados del Piamonte italiano, donde la vegetación ha ido ganando terreno con el abandono rural, un grupo de cazadores afronta una jornada de caza de becadas (Scolopax rusticola) con perros setter inglés. No es una jornada cualquiera. Es el final de la temporada, el momento en el que las aves que quedan ya no son las migratorias cansadas, sino auténticas supervivientes del monte.

Desde el inicio, se percibe el peso emocional de la jornada. El cazador comparte terreno con su padre y su hermano, en una escena que trasciende lo cinegético para convertirse en una tradición familiar. Mientras los cachorros comienzan a formarse en zonas más sencillas, los perros veteranos como Ermes, Enel y Argo se enfrentan a becadas que conocen cada rincón del bosque.

El método es claro: caza al salto con perro de muestra, donde la coordinación entre cazador y can resulta decisiva. Equipados con escopetas de calibre doce y cartuchería dispersante para tiros rápidos y cortos, avanzan entre hojas secas, troncos caídos y pendientes complicadas.

Pero la teoría poco importa cuando las becadas juegan con ventaja. Ermes marca una y otra vez. Se detiene firme, tenso, señalando la presencia del ave. Sin embargo, cada aproximación termina igual: un batir de alas inesperado y una silueta que desaparece entre la maleza. La becada residente demuestra su astucia, obligando al cazador a replantear cada movimiento.

La jornada avanza entre intentos fallidos, cambios de perro y un clima cambiante que añade dificultad. La nieve primero, la lluvia después, y finalmente una niebla que envuelve el monte. Aun así, hay momentos que justifican todo. Como la espectacular muestra de Enel, seguida de un cobro impecable, o la decisión del padre de no disparar, recordando que la gestión responsable del recurso es parte esencial de la caza.

El punto culminante llega cuando, tras horas de esfuerzo, una becada se deja ver en el suelo, confiada en su camuflaje. Esta vez no hay escapatoria. El disparo es rápido, instintivo, y el perro cumple con un cobro perfecto. No es solo una pieza: es el resultado de una jornada entera de aprendizaje, esfuerzo y respeto por el entorno.

La caza de la becada no siempre se mide en capturas, sino en experiencias compartidas, en perros que crecen y en decisiones que miran al futuro. Porque, como queda claro en este vídeo de Andrea Cavaglia, cada becada cuenta… y cada día en el monte también.

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